Historias · Fe que sirve y transforma
Cuando la ciudad necesitó manos: Richard Allen y la fe que se quedó
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Hijitos míos, no amemos sólo de palabra, ni sólo con la lengua, sino con hechos y con verdad.1 Juan 3:18 (Servicio) · BLL
Imagen no disponible: Interior de una iglesia con bancos de madera; ilustración contemporánea, no la congregación histórica de AllenUna puerta detrás de otra
En septiembre de 1793, Richard Allen y Absalom Jones entraron en una casa de Filadelfia donde un hombre estaba muriendo. Su esposa ya había muerto y solo quedaban dos niños sin capacidad de atender aquella emergencia. Allen y Jones procuraron el alivio que pudieron y solicitaron ayuda para el entierro. Aquel día visitaron más de veinte familias. La escena procede del relato que ellos mismos publicaron al año siguiente. Testimonio de Allen y Jones, páginas 3–4.
No habían llegado a una ciudad que funcionaba con normalidad. La epidemia de fiebre amarilla había multiplicado las necesidades y el miedo. Quienes podían marcharse lo hacían; quienes permanecían necesitaban cuidados que no siempre encontraban. Una casa podía contener al mismo tiempo enfermedad, duelo y niños desamparados.
Los dos hombres no podían reparar todo lo que veían. Su primera respuesta fue más limitada y más concreta: entrar, prestar ayuda y buscar a otros que pudieran continuarla. Después habría otra puerta y otra familia. El servicio comenzaba en una necesidad real, no en la seguridad de contar con recursos suficientes.
La decisión de salir al encuentro
En su escrito, Allen y Jones cuentan que se reunieron con otras personas negras después de que apareciera una solicitud pública de ayuda. Explicaron su decisión con lenguaje bíblico: confiaban en Dios y consideraban un deber hacer cuanto bien pudieran a quienes sufrían. La referencia al Dios capaz de preservar en un horno ardiente formaba parte de su propia comprensión del momento. La motivación que dejaron escrita.
Esa fe no se quedó en una reunión. Al día siguiente de las primeras visitas, acudieron al alcalde Matthew Clarkson para coordinar el trabajo. Había que conseguir personas que cuidaran a los enfermos y, conforme aumentaban las muertes, organizar también los entierros. La Free African Society participó en una respuesta que atendía a vecinos de distintas razas. La coordinación de la ayuda.
Hablar de Allen no debe hacernos perder de vista a quienes trabajaban con él. Absalom Jones, William Gray y muchas personas menos recordadas hicieron posible la respuesta. Una ciudad en crisis no se sostiene únicamente con una figura valiente. Necesita una red de manos, decisiones, relevos y responsabilidades compartidas.
La mentira que también puso vidas en peligro
Sobre aquella tarea pesaba una creencia falsa: se decía que las personas de ascendencia africana no contraían la enfermedad. Ese supuesto contribuyó a dirigir hacia ellas el trabajo más peligroso. La epidemia mostró que no poseían esa inmunidad. El cuidado que prestaban no las colocaba fuera del alcance de la muerte. La falsa creencia y sus consecuencias.
Allen y Jones lo explicaron con firmeza. En su relato recuerdan que, cuando enfermaban y morían personas negras, algunos negaban que se tratara de la misma enfermedad. Frente a esas evasivas, presentaron los registros de entierros de su comunidad. Las pérdidas no eran una hipótesis: tenían familias, nombres y consecuencias. La respuesta documentada, páginas 15–16.
La fe con la que habían salido a ayudar no convierte esa injusticia en algo aceptable. Tampoco debemos presentar los tratamientos de 1793 como recomendaciones actuales: su escrito pertenece a una época de conocimientos médicos limitados. Lo que esta historia permite reconocer es la voluntad de cuidar, junto con el costo de exponer a una comunidad a un riesgo que otros se negaban a admitir.
Los nombres que no debían perderse
El testimonio conserva pequeñas historias dentro de la historia mayor. Menciona a Sampson, que iba de casa en casa ayudando sin exigir pago y murió después de enfermar. Recuerda a Sarah Bass, una viuda que atendió a varias familias. También identifica a Mary Scott, cuyo trabajo fue reconocido por una mujer a la que había acompañado durante la enfermedad y muerte de sus familiares. Los cuidadores recordados, páginas 10–12.
Estos nombres evitan que la ayuda se vuelva una abstracción. Había personas que se agotaban, que tenían a sus propios seres queridos enfermos y que no siempre recibían apoyo cuando les tocaba necesitarlo. Allen y Jones describieron turnos prolongados, falta de descanso y cuidadores abandonados después de enfermar. No todos fueron tratados así, pero la injusticia fue lo bastante grave como para dejarla por escrito.
Reconocer su entrega no significa idealizar ese abandono. Una comunidad que agradece a sus cuidadores también debe cuidarlos. La memoria de Sampson no queda honrada si celebramos su servicio y olvidamos que, según el relato, su familia fue desatendida después de su muerte.
Cuando además hubo que defender la verdad
Terminada la fase más terrible de la epidemia, no llegó solamente el reconocimiento. Circularon acusaciones contra los cuidadores negros. Allen y Jones respondieron en un folleto publicado en 1794, discutiendo especialmente el retrato que Mathew Carey había difundido. No negaron que hubiera existido alguna conducta indebida; rechazaron que se utilizara para desacreditar a toda una comunidad. La respuesta de los autores.
Su defensa incluyó cuentas. Explicaron gastos en ataúdes y salarios, ingresos insuficientes y entierros por los que nunca habían solicitado compensación. También señalaron la dificultad de juzgar desde fuera a personas que habían pasado noches enteras atendiendo enfermos sin descanso. La gratitud pública no podía construirse sobre una descripción que dejara a tantos trabajadores bajo sospecha.
Aquí la historia de servicio se convierte también en una historia de dignidad. Allen y Jones habían ayudado; después tuvieron que reclamar que esa ayuda fuera contada con justicia. No consideraron que su fe les exigiera aceptar en silencio una falsedad. La verdad acerca del prójimo también merecía ser defendida.
Amar con las manos y con la verdad
La primera carta de Juan une dos expresiones: amar de obra y amar en verdad. En esta historia podemos reconocer ambas. Hubo cuidados ofrecidos a personas vulnerables y hubo una palabra pública para proteger la dignidad de quienes los ofrecían.
“No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien.”Romanos 12:21 · BLL
Seguir a Jesucristo no nos pide llamar bueno al abuso ni fingir que la discriminación desaparece porque hagamos el bien. Podemos servir y, al mismo tiempo, exigir un trato justo. Podemos perdonar sin borrar los hechos. La misericordia no necesita de la mentira para permanecer misericordia.
No todos tendremos que afrontar una epidemia como la de 1793. Pero cerca de nosotros puede haber alguien cuya necesidad todavía no ha encontrado respuesta, o alguien que sostiene a otros sin recibir descanso. La pregunta no es si podemos salvar una ciudad entera. Es qué ayuda responsable podemos ofrecer y con quién podemos compartirla.
Allen y Jones dejaron un relato de manos que trabajaron cuando faltaban manos. También dejaron nombres para que esas vidas no se perdieran detrás de un prejuicio. Recordarlas nos invita a una fe que sale al encuentro, escucha y no deja de reconocer la humanidad de nadie.
Fuentes y contexto
- Richard Allen y Absalom Jones: relato de 1794, transcripción conservada por NPS
- National Park Service: la respuesta de Filadelfia a la epidemia
- Historical Society of Pennsylvania: Richard Allen y la epidemia
La narración no reproduce diálogos ni pensamientos privados inventados. Los versículos y la reflexión final son una aplicación editorial, no palabras atribuidas al protagonista.
Dios te continúe bendiciendo
y que sigas teniendo un excelente día en Cristo Jesús!
Te invito a pasar por el Cancionero.